jueves, 19 de julio de 2012

Los cinco sentidos del egoísmo


Ya no podía volver el tiempo atrás. Ese factor único que no deja de moverse desde que tenemos uso de razón hasta que llegamos al final del camino. La habitación de paredes blancas parecía haber sido redecorada por un artista plástico con agua y marcas al azar. El suelo apenas se veía tras la situación que hacía solo unos minutos se había vivido en aquel lugar. Hubiera perdido el equilibrio de haber estado de pie, pero se encontraba sentado con las piernas cruzadas en una esquina de la habitación, como en un estado zen. Sus ojos recorrieron  la escena: 2 miradas sin destino yacían a su lado. Se preguntó cómo había podido pasar algo así. Estaba cansado, le costaba respirar y se dio cuenta que estaba entrando en ese momento previo a perder el conocimiento.  Cuando logró enfocar su visión nuevamente, levantó como pudo a aquellos dos cuerpos y notó que alguien se acercaba desde el otro extremo de la habitación. Un repentino temblor hizo que prestará atención a lo que estaba pasando. Una mujer intentaba alcanzarlo y parecía pronunciar algunas palabras. El hecho lo tomó por sorpresa, obligándolo a ponerse de pie. Costó, pero le permitió alejarse de ella. Seguía tratando de decirle algo, pero él se aferraba a esas dos miradas como si fueran la salida de lo que estaba viviendo a pesar de que no podían verlo. Le pareció escuchar un llanto de parte de la mujer. Fue en ese instante que comprendió cual era el objetivo que quería alcanzar y logró escuchar la voz desesperada de ella.
– ¿Donde estabas? Solo tenías que estar con ella.
Las lágrimas caían sobre otro cuerpo inmovil. Se tocó la nuca con una de sus manos y sintió frío entre sus dedos. Sus pies sintieron algo de agua en la alfombra, cerca de la pared donde había caído la pecera.  Logró caminar hasta donde estaban y asoció un olor inesperado con la muerte aún sin conocerla. Su boca se secó de repente y no pudo emitir palabras ante semejante impacto.  Parecía haber recuperado todos sus sentidos, pero el vacío que sentía ya estaba tallado en una piedra imaginaria dentro de su mente. Dio media vuelta y desapareció de la habitación. Segundos después, se escuchó el disparo. La mujer cambió de habitación y lo encontró en la silla del estudio con las dos muñecas de trapo de su hija a su lado. Sin poder explicar la sensación que la invadió de repente, tomó el arma, la llevó hasta su boca y no dudó.
Cuando abrió los ojos un par de segundos más tarde, dos policías y varias personas la rodeaban mirandola atentamente. Aún sostenía el arma en la misma posición. Antes que alguien emitiera alguna palabra, rompió el silencio con la primera frase que cruzó por su mente:
- Sabía que era un egoísta. Decidió usar la última bala. 

miércoles, 11 de julio de 2012

Ganas de matar


Sin conocer el verdadero motivo de aquella extraña sensación, tomé el cuchillo más afilado de mi colección, me abrigué con la primera campera que encontré y salí del departamento. Mientras esperaba el ascensor, apareció el del C con su aspecto de Bob Marley y su tono de voz de esta todo bien. Me dirigió la mirada y apenas asentí. Parecía tener una aureola de humo a su alrededor. Abrí la puerta y lo deje pasar. Quedó más cerca del espejo. Tenía 14 pisos, aproximadamente un minuto y medio para aprovechar el momento. Saqué el cuchillo y la primera puñalada fue en el estomago. Me miró, perplejo. La segunda fue en el hombro. La tercera arriba de la rodilla. Ya no podía mantenerse en pie. Ni siquiera tuvo oportunidad de pronunciar una palabra. El último toque fue su garganta. Mientras el piso se pintaba de rojo, noté que el número azul de la pantalla marcaba el quinto. Presioné el tres, frenó, me bajé del ascensor, apagué la luz del mismo y recorrí las escaleras hasta la puerta principal del edificio.  Cuando estuve a punto de salir, entró la señora del cuarto. Irritante como siempre, con esa voz ínfima quejándose por todo. Gritó sobre una mancha que no existía en el suelo, del clima, de los precios. Me cansó. Cuando el ascensor llegó y abrió sus puertas, utilice el cuchillo al menos unas diez oportunidades en su espalda. Su cuerpo cayó sobre Bob Marley y las puertas volvieron a cerrarse. Guardé el cuchillo y salí a caminar. El cielo gris acompañaba el momento, otra vez sin sol, algo de humedad penetrando mis huesos. Frené mi andar en una esquina, como consecuencia del semáforo en rojo. A mi lado, una nena de unos 5 años me miró fijamente durante algunos segundos que parecieron muy largos. Su mama, hablando por celular y  al parecer discutiendo con quien sea que estuviera del otro lado, ni siquiera había notado mi presencia. La nena pronunció apenas una oración con su dulce voz: “tenes algo rojo en la frente” Me toqué con una mano y apenas la miré, noté la sangre. Me limpié con la campera, le agradecí con una sonrisa a la adorable nena y continúe mi camino. Verifiqué que tenía limpia la cara utilizando  una vidriera como espejo. Entré al local del que siempre cobraba demás en arreglos electrónicos de lo que sea. Observé atentamente como le “robaba” en la cara a una señora de avanzada edad que dejaba el reloj de su esposo. “No, esto va a llevar tiempo y la pieza que necesita es bastante cara” La anciana asintió haciendo mención a que pagaría lo que sea por el valor sentimental de aquel reloj.  Cuando dejó el negocio, alcancé a escuchar al hombre mientras pronunciaba algunas palabras en dirección a otra puerta: “Marcos, veni a cambiarle las pilas a esto así ya queda listo” La típica, la avivada criolla como llaman todos. Me cansó. Le sonreí mientras le pedía cualquier accesorio de mostrador. Apenas metió la mano por debajo del vidrio, lo rompí con lo primero que encontré, saqué el cuchillo, lo clavé en el medio de su mano y con el siguiente movimiento, atravesé su garganta. Marcos parecía no haber escuchado nada. Me asomé por la puerta que daba a la parte de atrás del negocio y lo encontré en una pc escuchando con unos auriculares de último modelo. Claramente ni se había enterado de todo lo que acababa de pasar. Limpié mi cuchillo y salí del lugar. Caminé un rato por la plaza del barrio, intentando buscar algo de aire. Miré mi reloj. Ya tenía que viajar hacia la oficina. Al llegar, mis pies me arrastraron hacia el espacio que ocupaba el jefe de la empresa donde trabajaba. Ni siquiera esperé el saludo. Me sonrió con la falsedad que lo caracterizaba. Me cansó. Un solo movimiento del cuchillo hacía el corazón. Aguardé unos segundos ya que era una buena forma de verifcar que tenía uno realmente. Volví sobre mis pasos hasta la escalera del edificio y subí a la terraza. Sin dudarlo dos veces y sin mirar hacia abajo, me acomodé en la cornisa. Levanté uno de mis pies y simplemente me dejé caer. Cuando mi cabeza golpeó contra el asfalto, abrí mis ojos. Estaba en mi departamento con esa sensación anterior a tomar el cuchillo. Ahí me di cuenta que tenía ganas de matar. 

domingo, 8 de julio de 2012

Un mundo de libros


Tenía ganas de salir. A veces algunos rayos de sol alcanzaban su piel, pero esa sensación duraba solo durante los escasos momentos que vivía mirando el mundo a través de aquel vidrio, donde era expuesto. Se preguntaba cuando sería el día donde realmente pudiera conocerlo. Estaba rodeado de historias, pero no tenía la posibilidad de vivirlas.Apenas se escuchaban algunas líneas en relatos cortos de las personas que visitaban el espacio. Había días donde ni siquiera se movía de su lugar, en otros terminaba en un punto diferente al ser movido sin intención de elegirlo. En aquellas oportunidades, su mente se llenaba de alegría al imaginar que sería el día, pero cuando era regresado a su punto de origen, esa sensación se desvanecía. 
A veces llegaban nuevos compañeros que rápidamente saltaban al mundo exterior sin ningún esfuerzo. Se preguntaba el porqué, si su historia no tenía nada que contar. Con el correr del tiempo, llegaba el miedo de ser alejado y terminar en la oscuridad junto a otros que corrieron la misma suerte. 
Sin embargo, no fue necesario llegar a tal extremo. Con la sonrisa que demostró al verlo, ya le permitió pensar que había llegado el día. Sintió un escalofrío cuando ella lo levantó entre sus manos. Apenas segundos después, notó que no estaba siendo dejado nuevamente en su lugar, sino que se acercaba a "la caja", como la llamaban ellos.  Tras decretar su salida, ella abrió la puerta sosteniéndolo entre sus brazos y él sintió el aire fresco del mundo por primera vez.  
El espacio donde ella vivía le dio tranquilidad. La biblioteca parecía exprimir al máximo el espacio disponible. Prestó atención a quienes serían sus compañeros durante aquel tramo de su vida. Al otro día, ella lo guardó en su mochila y un rato más tarde, ambos sentían el cálido sol en la plaza del barrio. Disfruto cuando ella lo abrió nuevamente, está vez para comenzar a recorrer sus páginas. Así se repitió durante varios días, en diferentes lugares. Hasta que llegó el final. Ella lo cerró, sonriendo. Él se guardo aquella imagen en su memoria, sabiendo que había cumplido su objetivo, su historia escrita en aquellas hojas. 
El libro regresó a su biblioteca, esperando salir nuevamente para intentar transmitir esa única e increíble experiencia que abre las puertas a un mundo sin límites donde solo depende de la imaginación. Un mundo que al entender su significado, nos lleva a fronteras nunca antes conocidas. Un mundo de libros que se define con una simple palabra llamada lectura. ¿Qué estás esperando para leer un libro?

martes, 3 de julio de 2012

Falsa llamada


-Juan... ¿te podés apurar? ¡Tenemos que desaparecer antes que vuelva!
-¡Pará Manuel! No podemos equivocarnos. Sabes muy bien lo que nos puede pasar.
-¿Te volviste loco? La policía va a llegar en cualquier momento. ¿No viste la cara de la vieja de enfrente  cuando entramos al edificio? Se dio cuenta. Nos va a botonear.
-Que pendejo que sos ¿Para que agarraste este laburo?- se acerco hacia él-¡Contestame!-
-Necesito la guita y mi vieja esta enferma.
-¿Tu vieja? ¿Sabes lo que me importa tu vieja? ¿Queres irte? Anda. Dejame. Me da lo mismo.
Tras un silencio que pareció estirarse demasiado, respondió
-Esta bien. Me quedo, pero apurate en encontrar esos papeles y nos vamos.
Mientras Juan buscaba, Manuel caminaba por el lugar mostrando gestos de nerviosismo.
-Nene, ¿no podés quedarte quieto un segundo?- preguntó de manera impaciente.
Manuel no alcanzó a responder.  Perdió el equilibrio y cayó, golpeando duramente su cabeza con el suelo.
-¿Y ahora que tenés? ¡Manuel! ¡Decime algo! ¡Manuel!- se arrodilló a su lado esperando una respuesta.  Al tomarle el pulso, se dio cuenta que sus gritos eran en vano: ya había muerto. Revisó sus bolsillos y encontró al culpable.
-Le dije que tenia que dejarla, lo iba a terminar matando... ¿Y ahora donde lo meto?- Arrastró el cadáver hacia el armario y continuó su búsqueda.
-¡Acá están!- Gritó como si alguien más estuviera a su lado y escondió los papeles en un bolsillo de su campera. Caminó hasta la  puerta, recorrió  el lugar por ultima vez  con su mirada y cuando tomó el picaporte para escapar, alguien tocó el timbre. La expresión de Juan cambió por completo. Trató de calmarse antes de responder el llamado.
-¿Si? ¿Quien es?
-Claudia, la portera.
-¿Qué necesita?
-¿Sos vos Julián?- La mujer forcejeó para abrir la puerta, pero Juan presionaba desde adentro- ¿Qué pasa? ¿Quién esta ahí?
-Si Claudia. Tranquila. Soy Julián, pero estoy ocupado – intentó mostrar seguridad en las palabras, pero claramente no le salió como esperaba.  
-Necesito entrar- empujó la puerta y lo vio. Juan cerró y se interpuso entre la mujer y la única salida-¿Qué queres acá?- Dijo mientras agarraba el teléfono rojo, antiguo con ese cable parecido a los fideos.
-Deja eso donde estaba- sacó su arma y apuntó-¡No voy a repetirlo!
-Está bien, por favor...- El disparo pareció haber retumbado en todo el edificio. Juan reaccionó una milesima de segundo más tarde.
-Pero... ¿qué hice? – “¡La maté!” su mente no dejaba de repetirse aquellas palabras. Verificó si estaba con vida, pero la bala había atravesado el pecho. La sangre se esparció por el suelo, cubriendo una gran parte de él. Juan la levantó y la metió en el armario junto al cuerpo de Manuel. Limpió rápidamente las manchas de sangre con el primer trapo que encontró en el baño y volvió a revisar el lugar.  
“Voy preso por esto, de esta no me salvo...” El sonido del teléfono frenó sus pensamientos. Después de escucharlo sonar cuatro veces, se encendió el contestador:
“Ya sé que estas ahí. No me queres atender, me da lo mismo. ¿Te volviste loco? Si lo hubieras cuidado, lo tendría conmigo ahora. Y la pobre mujer, ¿era necesario?. Deberías haberlo pensado dos veces. No se lo merecía. En un minuto estoy en tu casa, esperame”
Juan se acercó a la ventana y miró hacia fuera. El auto de color gris oscuro estacionaba justo en la puerta del edificio. Un hombre bien vestido y aferrando un maletín en una de sus manos bajó a toda velocidad. Juan esperaba el sonido del portero eléctrico, pero el silencio afirmó que aquel visitante tenía llave. Miró en todas direcciones y no encontró otra salida. Se sintió ahogado.  La presión lo había superado. Apoyó el arma en su cabeza y cerró sus ojos. Al mismo tiempo que caía, el hombre con el maletín ingresaba en el departamento.
-¿Qué...?- Dos patrulleros frenaron en ese instante en la cuadra. Sin  salir de su asombro y aún con la puerta abierta del departamento, alcanzó a ver como varios agentes ingresaban al lugar. Uno de ellos se le acercó.
-¿Sabe algo de lo que pasó acá?
Tardó varios segundos en responder
-No, que se yo. Vivo acá con un amigo. Entré y el cuerpo ya estaba en el piso...
Un policía interrumpió la conversación.
-Hay dos cadáveres en el armario. Y un mensaje en el contestador
Apenas terminaron de escucharlo, el agente lo miró fijamente.
-¿Seguro que no sabes nada? Ese tipo del contestador sos vos...
-Si, pero no tiene nada que ver con esto. Yo me refería a mi perro que murió ayer por su culpa. Y  la mujer a la que hago referencia es Laura, a quien él dejo hace unos días-
Los agentes que se movían por el espacio se miraron desconcertados.
-Nos va a tener que acompañar...
-¡Si no tengo nada que ver! Ni siquiera conozco a estos hombres...
-El que usted vió en el suelo se suicidó, seguramente al escuchar sus palabras en el contestador. ¿No le parece que hubiera actuado de otra  manera si sabia todo eso que nos cuenta?
-¿Qué está diciendo? Es una gran confusión...
-Tiene razón. Va a venir con nosotros... – un policía lo esposó, y una vez en la calle una mano lo ayudó a bajar la cabeza para entrar en el auto.
El agente que se acomodó en el asiento del conductor miró a su compañero y luego al hombre del maletín. 
-Te hubieras inventado una idea un poco más inteligente...
-¡No! ¡No hice nada! ¡Soy inocente!
Mientras el patrullero se alejaba, dos mujeres entre la multitud negaban con la cabeza mientras comentaban la situación.   
- Parece que mataron a Claudia. Dos hombres entraron al segundo piso.
- Menos mal que no estabamos. Que inseguridad. Cada vez estamos peor. ¿En el departamento de Julián?
- Si. ¿Que racha, no? Pobre... no tiene idea lo que le espera cuando vuelva a su casa. Ayer gritando que se le moría el perro mientras su novia Laurita dejaba el departamento bañada en lágrimas.              

sábado, 30 de junio de 2012

Transmisión de un sueño como escritor

Cuando llegué a la entrada principal de la escuela en una esquina del barrio de Villa Madero en la provincia de Buenos Aires, una de las maestras me recibió para luego acompañarme hasta el salón de actos donde ya se desarrollaba la primera Feria del Libro de la institución. La bibliotecaria del colegio, quien tuvo la idea de  invitarme para transmitir mi experiencia como escritor, me esperaba junto a la directora y otros profesores, mientras varias editoriales acomodaban sus libros aguardando por padres y chicos. En el aire podía sentir aquel ambiente de primaria, vivido hacia mucho tiempo atrás. Después de que uno de los profesores leyera un cuento con moraleja, Iris, la bibliotecaria, me hizo señas para que me acomodará en una silla frente a los chicos. 
Me invadió una sensación diferente al cambiar la visión desde la posición donde me encontraba: me lleno de una indescriptible satisfacción. Mis primeras palabras fueron de agradecimiento por la oportunidad y tras presentarme, comenzaron las preguntas de los chicos. ¿Desde que edad escribís? ¿Cuanto le dedicas en tu vida a escribir? ¿Que estás leyendo y ya leíste que te gusto mucho? ¿Que cuentos recomendás? ¿Queres en un futuro dedicarte a ser escritor? ¿Pensás que la frase de Borges sobre que un buen escritor tiene que ser un gran lector es real? ¿Cual es el lugar donde más escribís? El micrófono iba de mano en mano. Los chicos se presentaban con su nombre y hacían las preguntas.Mientras respondía noté que tanto ellos, como las maestras y los padres, me escuchaban atentamente.Estaba logrando transmitir mi sueño de letras en palabras que reflejaban lo que para mi significa, en este presente, ser un escritor. Así fue que Iris agradeció a todos los chicos y apenas terminó, la mayoría de ellos formaron una fila hacia la mesa donde yo estaba. Cada uno tenía en sus manos una especie de folleto de la feria. El primero de los chicos, de unos 11 años, me sacó la duda que se me había generado de repente del porque de aquella fila. ¿Me firmas la hoja? Así fueron diciéndome su nombre, uno tras otro. Una escena que jamas hubiera imaginado, pero la estaba viviendo. Cuando se dispersaron por el salón, una nena de nombre Sol, se me acercó para decirme: "Quiero comprar tu libro y que me lo firmes". La vi alejarse, luego, entre sus amigas con la novela entre sus manos. 
Iris volvió a agradecerme, al igual que otras maestras y la directora me convocó para el año próximo para participar nuevamente. Volví sobre mis pasos y mientras caminaba algunas cuadras hacia el colectivo, con el sol iluminando mi rostro, sentía que algo dentro mio se había llenado. Desde una situación impensada en la cual Iris consiguió mi libro, días antes de organizar la primera feria en la escuela donde trabajaba, logré vivir una experiencia que ya queda para el resto de mi vida: transmitir mi historia, mi sueño como escritor a chicos de la misma edad con la que yo había comenzado a escribir.  Otro color más a una gama que se amplio enormemente desde aquel día que entendí que vale la pena pelear por lo que uno ama. Poder subir un escalón más de esa escalera imaginaria que realmente nos permite avanzar cuando sentimos lo que estamos haciendo. Una escalera que no consiste en alcanzar el final, sino transformar cada uno de esos pasos en los pequeños momentos que nos permiten conocer eso que llaman felicidad. 

domingo, 24 de junio de 2012

Desahogo


A veces vivimos situaciones raras o inesperadas en espacios que nunca hubiéramos imaginado. Son esas sensaciones que nos llevan al límite, que su verdadera relevancia es definida por el contexto que las rodea y  cuando terminan quedan en la memoria para siempre. Casi un año después de aquel domingo triste donde no había palabra alguna que reflejara lo que había pasado, llegó el día que podría convertirse en la otra cara de la moneda. Después de eso tan abstracto como lo es la angustia, que en este camino pareció materializarse en colores rojo y blanco, llegó el tan ansiado desahogo. La semana se llenó de comentarios, con el mundo del fútbol esperando el momento. Cualquier persona que es hincha de este deporte y que  realmente sabe lo que puede movilizar, se preparaba para vivir desde el punto de vista que le tocará, esa mezcla de sensaciones que se reducen a 90 minutos. Partidos a la misma hora, situaciones cambiantes, futuros repletos de incertidumbre, suspicacias por donde se lo mire como siempre caracteriza al fútbol de nuestro país.  Más allá de todo eso y la diversidad de opciones posibles, el mayor sufrimiento lo vive esa persona que ama a los colores. Se puede escribir una infinidad de cosas sobre esta situación, pero desde ese punto de vista en particular, se resume en la palabra desahogo. Quizás el hincha de River hoy pesa 10 kilos menos después del año más largo y extraño que le tocó vivir. Pero después de todo este camino, eterno, complicado y claramente incomparable con cualquier otra cosa futbolistica, el desenlace fue el deseado. Desde aquel primer partido hasta el último, 38 en total, la angustia se estiró hasta el segundo final, como si hubiera sido escrito para una película. Cuando terminó este último partido, me quedé frente la tele, solo mirando las reacciones, los gestos y el desahogo en las caras de los hinchas. Los jugadores, técnico y demás parecieron sentirlo igual, se puede decir mil cosas, pero la sensación es única. Veía a la gente más avanzada en edad y me acordaba de mi abuelo, con su radio siempre prendida desde que tengo uso de razón para escuchar a River. Es movilizante, justamente por aquella primera frase,  de tener en la mente mil imágenes y situaciones que se relacionan con los mismos colores. No hay forma de explicarlo, simplemente lo que siente el hincha ante una pasión no tiene frase que lo resuma. Esa pasión, también dentro de la lista de lo abstracto, que adopta diferentes formas con un fin en común. 
Cuando pensamos que el límite de lo que sentimos alcanzó esa delgada línea de lo posible, es cuando nos damos cuenta de que a veces existen situaciones que nos llevan más allá; cada una con su contexto, su importancia y su lugar, sin compararlas entre sí, pero con esa marca que deja su huella para poder valorarlas aún más.   

martes, 19 de junio de 2012

El cliente y la razón



Dicen que el cliente siempre tiene la razón. Sin embargo, hay días donde aquella frase presenta un desafío diferente. Era una  esas fechas donde la desesperación de la gente se limitaba a encontrar un talle, un color, un regalo acorde a lo que llegaría el día siguiente. Así comenzaron desde muy temprano las charlas, algunas conocidas, otras inéditas. 
Están los que llegan seguros y la venta se produce en segundos: sin vueltas, sabiendo lo que quieren. Obviamente este grupo es muy escaso comparando al total.
Los que tienen definido a la perfección su compra, pero al escuchar: “no queda más” pierden la brujula y hasta llegan a preguntar: ¿Que me podes ofrecer?, sabiendo que el negocio tiene miles de opciones similares y la gente esperando comienza a impacientarse. Tambien aparecen los que mientras miran el talle de la prenda, llaman por celular para transmitir el tamaño de la misma. “Si...es como para dos de tus papa, pero un cuarto de tu hermano”. Esos intentos de análisis en segundos comparando cuerpos.
Dada la ocasión del día del padre, se acercaban madres con sus hijos. Ella preguntaba: ¿Que te parece para papá? ¿Cual te gusta? ¿El blanco o el negro? La nena de unos 10 años le respondía en segundos: el blanco. Instantes después, la madre levantaba la vista y afirmaba: "bueno, no se. Dame el negro, total después lo viene a cambiar".
Como toda larga jornada laboral de mucha gente y con números en el medio, se produce aquel escenario donde el espacio y momento de ser atendido parece una lucha de egos y tiempo. Como aquello que ocurrió con la mujer de pelo largo, oscuro, algo distraida y con 1238 bolsas en sus manos. Escuchó el llamado al número 5 y se acercó al mostrador. “Lo perdi, pero lo tenía yo”. La señora del 6 pareció derretirla con la mirada, pero acepto que sea atendida antes que ella.
A veces las fabricas de ropa parecen querer ahorrar tamaño en las bolsas de su mercadería. El cliente no tiene problema en abrir y sacar de su lugar 10 prendas, sin tener en cuenta las consecuencias que genera tales decisiones. Despues están esos que exigen papel de regalo, una bolsa acorde a la situación, proliijidad en la preparación del paquete. Son especialistas en medir los límites de la paciencia del vendedor.
Algunos carteles en la vidriera muestran precios en base, obviamente, a estrategias de marketing. Sin embargo, ante la imposibilidad de devolver un centavo, en precios como 49.99, el vendedor debe recordarlo en repetidas ocasiones a la hora del pago.
Tambien se da aquella situación donde se produce una confusión de telas, donde el cliente se engaña a si mismo al observar con otros ojos las prendas en la vidriera. Por tal motivo, debe llevar al vendedor hasta la misma para señalarle lo que quiere, intentando simplificar su trabajo. No hay que olvidar a esos que piden un talle, uno se acerca con el primer color que encontró y al instante se escucha un grito: ¡No, como me vas a dar ese color. Él no usa esta gama. Odia el verde! Ahora resulta que el vendedor tiene que conocer los gustos de cada uno de los familiares de los clientes.
No podemos olvidar la típica y conocida frase: "Ahora veo y cualquier cosa vuelvo" Salida fácil para una situación que claramente tanto cliente como vendedor conocen el final. 
Nunca falta ese cliente que llega segundos antes de cerrar y solicita la prenda más vendida en su talle y color. Recibe una negativa, compra otra cosa y se retira pronunciando las palabras: “¿Como no van a tener este talle?“ Ese es el momento donde si el vendedor tendría un afilado cuchillo, lo usaría sin dudarlo. Sin embargo, la pregunta es tan graciosa a esa hora que solo se limita a sonreir por aquellos extremos que siempre terminan apareciendo.
Así transcurre un día donde la paciencia es exprimida hacia limites inimaginables, como nunca antes se hubiera pensado. Tras doce horas de comunicación frente a una amplia diversidad de situaciones, finaliza una jornada que vuelve a plantear aquella incógnita tan escuchada y repetida: ¿El cliente siempre tiene la razón?