viernes, 6 de marzo de 2015

3 años de Espejos Mentales

Si falta caemos en la sencilla excusa sobre él y si sobra sentimos que lo estamos desperdiciando. De una forma u otra, termina siendo quizás lo más relativo a nuestro alrededor. Si hablamos de días es poco, pero con la palabra años parece mucho. ¿Según quién? ¿Alguien definió la magnitud o importancia según un hecho? 
Pensamos que es eterno, pero está lejos de aquel infinito que no conocemos. Depende de lo que vemos o elegimos ver. Esa extraña forma de darle una razón a nuestras acciones, cuando las preguntas que valen tendrían que empezar con el interrogante si el hoy está dentro de lo que queremos ser mañana. 
Están las fechas que nos quedan a la fuerza, que se graban sin avisar y que nos hacen recordar el poder de la memoria. Y están esas fechas que elegimos, que se convierten en un punto de inflexión y que nos afirman que somos sinceros con nosotros mismos. 
Hoy se cumplen 3 años de ese lluvioso día de Marzo, el día que significó ese punto de inflexión con la publicación de mi primera novela, Espejos Mentales. El día donde confirmé aún más lo gratificante que es hacer lo que realmente querés. 
¿3 años? ¿Tanto? ¿Ya? ¿Recién? ¡Parece más! Todas las preguntas o exclamaciones son válidas porque terminan siendo según cada punto de vista. Ese día abracé a alguien que hoy ya no está, que hace una semana cumplió sus dos años de ausencia física, pero que sin dudas no necesita de una antigüedad o un número para explicar lo que fue y seguirá siendo. 
El abrazo se siente como ayer. 
El libro sigue en mi biblioteca hoy. 
El paso de los días seguirá aumentando su valor mañana. 
El tiempo es relativo. 
3 años de Espejos Mentales. 

martes, 21 de octubre de 2014

Pasajeros de múltiples destinos

Me siento en el último lugar a la izquierda de la fila de cinco asientos. Saco mi cuaderno y levanto la mirada. Son las nueve y diez de la mañana del miércoles 6 de agosto de 2014.

El hombre del primer asiento individual en la parte izquierda del colectivo lee un ejemplar de Game of Thrones. Otro mira atentamente una especie de cuaderno con partituras. La mujer que usa sandalias enfrenta los 7 grados a pesar de tener sus pies al aire libre. Delante mío un hombre tiene unos extraños auriculares con los que escucha música o la radio. Me inclino más por la segunda opción por su cara de preocupación. La música se elige, las noticias no.
El chófer muestra signos de asesino serial, con sus anteojos grandes y viejos, sus hombros levantados y su cuerpo encorvado hacia delante. Acelera en varias oportunidades a pesar de que podría evitarlo.
Otra mujer saca un libro, aunque no llego a ver cuál es desde mi lugar. Sube una mujer de rasgos orientales que opta por el primer asiento del colectivo. Otra, que sube detrás de ella, se acomoda a su lado sin conocerse. La tercera en subir camina hacia atrás donde permanece parada a pesar de los asientos libres mirando en dirección opuesta al chófer. Lleva el pelo planchado, una campera de cuero y los labios recién pintados.
Un hombre le da una última pitada a su cigarrillo antes de tirarlo al suelo y subir. Otro ocupa aquel lugar que la mujer de campera de cuero dejó libre. Lleva una nena de unos dos años en sus brazos. El chófer acelera y llega rápido a la siguiente parada. Sube una mujer con una botella de levite de pomelo en ese bolsillo externo de red que tiene su mochila. También sube otra mujer extremadamente maquillada, con auriculares blancos, pelo largo, saco negro y botas largas. Tiene una expresión preocupada, mueve su cuello hacia ambos lados con el clásico gesto para intentar sacar ese molesto dolor cervical.
El colectivo comienza a llenarse. Una mujer logra llegar hasta el final, se mantiene de pie sosteniéndose con su mano derecha del caño amarillo y cuelga un bolso marrón en el codo de la mano izquierda mientras la usa para escribir algo en su celular. La mayoría de las ventanas siguen cerradas, a pesar de la acumulación de pasajeros. La nena de dos años se apoya en el hombro y duerme. Una mujer de unos 40 años pide permiso, mientras no puede dejar de mascar un chicle de manera furiosa.
Empieza a aparecer el tráfico a medida que el colectivo se acerca al centro. Varios bajan, otros suben. Un hombre de anteojos con marco negro se queda parado adelante, cerca del asiento del papá con la nena. Otro llega hasta la puerta de atrás con esos auriculares gigantes colgados en el cuello y una mujer consigue también alcanzar ese lugar, casi trastabillando por los frenos del chófer con cara de asesino serial. Lleva un bolso multicolor que sirve para contrarrestar  el día gris. Está escuchando música por como tararea un tema.
Los últimos que suben miran para atrás, pero no encuentra forma de pasar. Una mujer, que ya llevaba casi media hora sentada adelante, saca un libro de tapa roja y letras amarillas en su sinopsis. Tres personas leyendo a la vez arriba de un mismo colectivo no suelen verse todos los días. La mujer del chicle sigue masticándolo como si fuera la última vez en su vida.
La calle da la sensación de tener más autos que personas. El papá y la nena bajan por la puerta de adelante. Llegan dos mujeres pidiendo permiso para bajar. En la esquina de Medrano entra un poco del humo negro de otro colectivo y varios tosen en forma simultanea.
Otra mujer que recién sube tiene un kindle en la mano. Me quedan solo tres paradas antes de terminar el viaje. Se escuchan muchas bocinas y algunas quejas como sus inmediatas consecuencias. La mujer del kindle se sienta mirando hacia atrás y enfrenta cara a cara a la del libro de tapa roja. Un duelo en vivo y en directo entre lo que fuimos y algunos quieren ser.
Me queda una sola parada antes de bajar. La mujer del bolso multicolor encuentra lugar y se lanza hacia él como un vaso de agua en pleno desierto. Otro hombre insulta al aire con gestos de haber perdido la paciencia. Me paro para alcanzar la puerta de atrás y cuando piso la vereda sigo al 24 con la mirada mientras se aleja por la Avenida Corrientes. Durante poco más de 50 minutos dejamos de ser desconocidos para convertirnos en pasajeros de múltiples destinos. 

martes, 30 de septiembre de 2014

Cartas suicidas - Capítulo 2

Hoja A4. Lisa, doblada en cuatro. Escritura a mano. Letra cursiva. Birome roja.

Un paso 
"Explicar los motivos por los cuales decidí esto sería una pérdida de tiempo. A veces la imperiosa necesidad de cambiar ciertas palabras nos lleva a tomar decisiones irracionales y sin sentido para algunos, pero indicadas para otros. ¿Acaso alguien definió el cómo pensar? Las respuestas a las preguntas que vas a plantearte son más sencillas de lo que parecen. No me fue difícil elegir el medio. Un simple salto desde un espacio reconocido será más que suficiente. Cuando llegués en tu horario habitual de las 11 de la noche vas a encontrarme a un lado de la puerta. La herencia es tuya. Ojalá puedas entender el contexto que me llevó a esto. Tampoco iba a convertirte en mi víctima por el color de la pulsera. Pensé varias otras salidas pero como siempre coincidimos: en la simpleza está la complejidad"

Leé el Capítulo 1

lunes, 14 de julio de 2014

El día después de la final

Lunes a la mañana después de haber jugado una final del mundo. Me tomo el 24 como todos los días. Hay caras largas, como si nos faltara algo que sentíamos nuestro. Ante la inmensidad de opiniones, criticas, comentarios, demostraciones de lo que somos como sociedad y sensaciones que recorren el cuerpo, la mente y el corazón, sentí la necesidad de escribir algunas palabras, a pesar de que tienen un peso especial mientras van apareciendo. 

Lo primero que me salió escribir ayer fue el hecho de que resulta sencillo criticar y echar culpas cuando no se alcanza el objetivo final, aún sabiendo que se hicieron las cosas bien. Somos una sociedad a la cual le gusta opinar de lo que sea, que se deja llevar por la situación sin medir las consecuencias, más allá de conocer o no el tema sobre el cual se está hablando. Los mundiales son un ejemplo claro de esto por el ambiente que se genera, las ilusiones que se renuevan y el sentimiento de unión que durante un mes tiene el poder de opacar otras noticias. Desde que empezamos a hablar del sorteo (sin dudas y sin desprestigiar rivales, quizás el más sencillo que le tocó a Argentina en los últimos tiempos) hasta la imagen de miradas perdidas de los jugadores esperando recibir su medalla de plata ayer. Una medalla que hacia rato no alcanzábamos. No se explica, sino que simplemente se siente. 

Apenas terminó el partido, todos empezamos a escribir y volcar sensaciones únicas y muy personales de lo que estábamos viviendo. Desde el lugar pasional desde el cual vivimos, más aún cuando se refiere a cosas como este deporte, nos resulta inevitable expresarnos. Soy de los que cree que del dolor se forman las personas, se saca lo mejor de uno mismo con el tiempo y se entiende hacia dónde se quiere llegar. Si solo fuéramos felices ni siquiera sabríamos lo que eso significa.  

El sueño de ser campeones del mundo ya suena enorme con solo escribirlo. Como escribí el viernes antes de jugar la final, ayer fue la primera que viví con verdadero uso de razón (tenía solo 5 años en la final del 90) y apenas fue la 5° que jugó Argentina en 84 años de historia de los mundiales. Los números a veces nos ayudan a entender la magnitud de algunos logros. 
Hablando estrictamente de lo fútbolistico, creo que se hicieron las cosas muy bien contra el mejor equipo del momento, que hace rato llegaba a semifinales y trabajaba para esto. Tuvimos las situaciones para sumar una nueva estrella, pero fallamos en ese toque final que a veces cambia la historia. Todos sentimos el golpe del gol a solo 6 minutos de terminar el segundo tiempo del alargue. Lo primero que se nos cruzó por la cabeza es nos robaron la ilusión y lo que parecía felicidad se transformó en tristeza. Gritamos el gol de Higuaín por la decisión de seguirlo por parte de quién manejaba las cámaras aún sabiendo que había parecido offside en el momento en el cual sale el pase. Sentimos el cansancio cuando terminaron los 90 y había que jugar otro alargue. Cuestionamos los cambios de Sabella. Buscamos entender cómo no terminaron en gol esas jugadas tan claras que en una final no se pueden fallar.

Y de repente, terminó. Como todas las cosas felices que vivimos durante nuestras vidas, se haya o no llegado al resultado deseado.  Mantuvimos la esperanza hasta la última pelota en el minuto 122 con un tiro libre al borde del área en la final del mundial. Ni el más optimista podría haber pronosticado la escena. Quienes no conocían a Mascherano, hoy saben lo que es. Quienes hablan de fracaso o critican a ciertos jugadores, respeto sus opiniones, pero no las comparto porque no todos los días se llega a una instancia así. El resultado final no borra lo que ya se escribió. Momentos como el que viví con mis hermanos en los penales con Holanda ya no se olvidan más y son de los que uno elige guardar. 

Vivimos en un país raro, diferente e inexplicable en muchos aspectos. Ayer a la noche canal 9 pasaba imágenes resumiendo el mundial, en Telefe cocinaban con MasterChef, en Tv Pública Maradona analizaba el partido y en Canal 13 parecía el fin del mundo con una escena repetida en el obelisco, que si pondrían imágenes de archivo sería lo mismo. Creo que el mayor problema es que aún no podemos reconocerlo, que nos parece tan normal que no logramos definir su magnitud. Podemos intentar analizarlo, pero siempre se llegará al peligroso límite del "somos así"; como si fuera terminantemente prohibido cruzarlo. 

Terminó el mundial. Terminó ese mes mágico, que tanto para los que amamos el fútbol como para los que no, resulta lleno de sensaciones y esperamos tanto durante 4 años. Nos costó 24 volver a alcanzarla, la jugamos, la vivimos y la sufrimos. Siento que ganamos mucho más de lo que perdimos en este día tan extraño, como lo fue durante el antes y como lo será de ahora en más. 
El día después de la final.

viernes, 11 de julio de 2014

"Estamos en la final"

"Estamos en la final" quizás fue una de las frases más repetidas entre nosotros, segundos después de que Maxi Rodriguez terminara de convertir en realidad el sueño de todos. Estamos exhaustos, como si hubiésemos jugado bajo la lluvia una semifinal de copa del mundo frente a Holanda. Nos miramos con quien tenemos a lado, después del abrazo incondicional y espontaneo  que nos genera el hecho de compartir esta pasión, esta felicidad que nos invade y que nos une a pesar de no existir palabras para explicarla; esa que solo sabemos que existe. 

Los corazones ya no vuelven a la normalidad sino que crean un espacio nuevo para guardar entre esos momentos que perdurarán para siempre; esos que uno arranca contando: "Te acordás cuando..." y ahí empieza la lista de imágenes, de secuencias, de escenas que nos llevaron a estar en el último escalón para alcanzar la gloria eterna. 
Corazones que se llenaron de expectativas, quizás en menor medida, en la previa del mundial.  
Corazones que empezaron a sentir donde estaban con el 2-1 a Bosnia, más allá de los cuestionamientos acerca del planteo utilizado ante un rival que vivió su debut mundialista. 
Corazones que estallaron  en un grito desaforado con el gol de Messi para quebrar la defensa de Irán en el epílogo del partido. 
Corazones que vivieron el ida y vuelta con Nigeria para terminar primeros en el grupo.  
Corazones que conocieron nuevos límites y desafíos con la definición de Di Maria a dos minutos de los penales ante Suiza y  esa jugada que pasó inadvertida en un comienzo, pero que nos asustó aún más en la repetición con el palo y el rebote en el jugador suizo. 
Corazones que recuperaron confianza en los primeros minutos de los cuartos de final frente a Bélgica con el gol del pipita Higuaín. 
Corazones que trabajaron mucho con Holanda en una instancia desconocida para muchos, donde el concepto de equipo más necesitaba. Desde el épico corte del capitán de este barco más allá de no tener la cinta, el inexplicable Mascherano, hasta las atajadas de Romero en los penales, como si nos dieran la posibilidad de revivir la alegría y la revolución que Goyco generó en el mundial de Italia 90. 

En el 86 solo tenía un año y no tengo recuerdos del 90, donde apenas tenía 5. Aparecen flashes del 94 y esa historia de la cual todos conocemos su final. Empezaba la secundaria en el 98 y esa desilusión que no dio a tiempo a reaccionar con el gol de Bergkamp y la derrota en cuartos de final se recordó en este presente desde el instante en el cual se conoció el rival de semifinales de este mundial. En el 2002 la expectativa era muy grande. Recuerdo escuchar la palabra candidato infinidad de veces, pero caímos en el famoso grupo de la muerte y quedamos afuera habiendo recibido un gol de penal y otro de tiro libre, más allá del gran técnico que teníamos. En el 2006, con una renovación de jugadores, gritamos con el alma el gol de Maxi Rodriguez a México y sufrimos como nunca en los penales con Alemania. En el 2010 renovamos las esperanzas pero chocamos con la realidad nuevamente en cuartos de final  ante el mismo rival. Hoy estamos a punto de vivir lo que significa una final. El desempate, si así puede titularse, por ya haberse enfrentado a Alemania en dos finales del mundo. 

Bajo esa magia que tienen los mundiales para dejarnos viajar en nuestra memoria y experimentar aquello que nos va marcando durante la vida, crecemos en esta línea imaginaria que escribe historia cada cuatro años, que nos ayuda a entender dónde estamos y dónde queremos llegar. 
Son sueños. 
Son lágrimas de alegría, de bronca y de aprendizaje. 
Son desahogos. 
Son abrazos incondicionales. 
Son nuestros ojos.
Son quienes nos representan. 
Somos todos. 
Somos Argentina. 
Estamos en la final. 

lunes, 7 de julio de 2014

Cartas Suicidas - Capítulo 1

Hoja blanca, con renglones de finas líneas azules, doblada a la mitad para que entrase en un sobre. Tamaño 160 x 210 mm. Birome azul. Escritura a mano. Letra imprenta.


En la simpleza está la complejidad
“Resulta complejo el solo hecho de empezar a escribir esta carta. En ese camino imaginario de posibles alternativas, esta salida implicaba la última. Me pregunto por donde comenzarán las personas que toman este camino. Imagino aquellas de mente fría, capaces de planificar hasta estos pasos. También seguramente están los más espontáneos, de poca paciencia, ansiosos por llevar adelante la idea y llegar al otro lado, como suele escucharse. Quizás el pensar que mientras estás leyendo estas palabras, la decisión ya está tomada y voy hacia ese otro lugar, le da un valor adicional, como todo lo que parece generar el concepto abstracto de la muerte. Mentiría si no escribiera las veces que dudé antes de tomar la decisión definitiva. Si fuera tan sencillo, el número de personas que optaría por esta salida sería mucho mayor. Lo que cuesta vale, dicen algunos. No puedo afirmarte eso, pero quiero creer que es así. Se que también estás pensando porque tanta planificación frente a la inmensidad de maneras que existen hoy en día para llevar adelante el acto. La respuesta a ese planteo es sencilla y tiene que ver con un momento especifico (de control te diría) para que esta carta llegase a tus manos cuando corresponda según mis estimaciones. Son aproximadamente las 22:15 y estás sentada en la antigua silla a un costado de la puerta, por el impacto que te generó encontrar la carta. Si es así, te pido que camines hasta el pequeño balcón donde compartimos tanto a pesar de su ínfimo espacio para dos personas. Seguro el frío va a cambiar el color de tus mejillas y tus ojos van a mezclar lágrimas con el clima helado que trae el viento. Más allá de eso, cuando levantes la cabeza, tu mirada va a seguir mi cuerpo al dejarse caer para cumplir estas palabras. Es tiempo de dar el salto para evitar dejarte en una posición inevitable por el color de tu pulsera. En la simpleza está la complejidad”

Leé el Capítulo 2

jueves, 8 de mayo de 2014

Un día para la presentación de Castillos de Arena: Las sombras de los sueños cumplidos.

La sombra sobre la arena.
La sombra ante un espejo.
La gran sombra de un auto en una autopista vacía.
La sombra que genera el encuentro de dos cuerpos compartiendo un instante.
La sombra del miedo ante una decisión inevitable.
La sombra que deja un familiar cuando la tierra cubre ese espacio que ya no abandonará físicamente.
La sombra de una injusticia que parece consumirnos por dentro.
La sombra de la opresión que implica un cambio revolucionario.
La sombra de un castillo construido con nuestras manos.
La sombra de un impulso que puede romper un prejuicio.
La sombra de un viaje real o imaginario.
La sombra de la lucha constante que acorrala el cumplimiento de un objetivo.
La pequeña sombra de un bebé dando sus primeros pasos.
La sombra del efecto narcisista de los amantes del poder.
La sombra de lo que queremos ver pero a veces no siempre logramos creer.
La sombra del bastón que nos mantiene de pie en los últimos años de vida.
La sombra del agua cayendo a través de una cascada
La sombra de una cama vacía y un médico con mirada perdida.
La sombra de dos manos unidas en una sola dirección.
La sombra de un disparo en forma de defensa.
La sombra de un puño que busca someter y olvida la igualdad de derechos.
La sombra del sacrificio por cumplir una promesa.
La sombra de un enemigo que nos acecha.   
La sombra del éxito después de haber conocido la cima de una montaña.
La sombra del fracaso y su tendencia a opacar el verdadero esfuerzo realizado.
La sombra momentánea de la felicidad o la tristeza, aún sabiendo que son pasajeras.
La sombra que nos acompaña todos los días.
  

¿Cuánto vale una sombra? En realidad, el poder que tiene va mucho más allá de eso que vemos cuando el sol o la luz impacta sobre nosotros o sobre alguna especie de material. Una sombra es una llave que funciona para entender eso que creemos que nos rodea y a veces no es otra cosa que el mismo peso del cual nos debemos desprender. La sombra puede ser propia o puede tratarse de la materialización de una decisión que de no llevarla adelante termina convirtiéndose en una de esas anclas tan pesadas que pueden dejarnos en el fondo de un enorme y profundo océano. La pregunta que se genera es cómo entender que las sombras no pueden manejarse, sino que están ahí, con la capacidad de desbalancearnos de la noche a la mañana. La solución, sin embargo, no es otra cosa que el movimiento. ¿Quién dijo que dar un paso hacia atrás no resulta positivo? Ese mismo paso puede ser la clave para olvidar esa sombra y avanzar hacia otro destino, incluso con otras armas en caso de tener que enfrentarla nuevamente.
Las sombras forman parte de nuestras vidas, aún en los casos en donde no somos capaces de verlas. Tener los ojos abiertos no implica la acción de mirar. A veces es cuestión de cambiar la perspectiva para hallar ese otro punto de vista que nos deja crecer y encontrar las sombras de nuestra realidad, esas que nos dejan entender lo que tuvimos, lo que aún tenemos y lo que proyectamos tener. Las sombras del ayer, del hoy y del mañana. Las sombras de los sueños cumplidos.

1 día para sumar una nueva sombra por un sueño cumplido.  
1 día para la presentación de mi segunda novela. 
1 día para Castillos de Arena.